LA UNIVERSIDAD EN UN TAXI

LA UNIVERSIDAD EN UN TAXI

Esta vez insisto en redactar el blog en castellano y aprovecho para explicarlo, puesto que algunos amigos me han preguntado la razón. Lo he explicado muchas veces. Trato de mantener el léxico fluido en mi lengua materna, el catalán y que uso habitualmente, al mismo tiempo que en castellano. En este último caso lo hago leyendo y escribiendo y, por tanto, esgrimiendo mi condición de bilingüe. Ya que el dictador me quiso imponer una lengua para evitar que usara la que mi madre y mi abuela me hablaban (por cierto, una abuela murciana), al final decidí que no le devolvería la segunda lengua para que su plan se hundiera. Así que, de tanto en tanto, escribo en castellano.

Dicho esto, quiero explicaros que hace días que no conduzco y he recuperado la percepción del tiempo de ir de un sitio a otro. Estas semanas, tardo en ir de la Facultad al Rectorado, por ejemplo, y me da tiempo de saber que he dejado de estar en un sitio para estar en otro. He recuperado el placer del paseo y del tiempo sin conducir. Eventualmente he cogido algún taxi. No es habitual, no suelo ser usuario del taxi. Pero estos días, en algún momento puntual en que andar ya se hacía difícil, he optado por dejarme llevar y, claro, entablar conversaciones de taxi. La mayoría intrascendentes y de protocolo. Pero, y aquí hay una excepción, en algún momento el o la taxista me han dejado o recogido en la Plaça de la Universitat de Barcelona. Como sabéis, lleva días con tiendas plantadas por estudiantes como protesta a la sentencia del Procés (de hecho, las razones se mezclan, pero así nos entendemos). Era inevitable que el tema de los estudiantes acampados surgiera en la conversación. Y claro, el sentido común aflora y la gente que sufre la ciudad cada día, como los taxistas, hacen comentarios espectaculares. Os regalo un par, he recogido más de veinte que he anotado en mi agenda para las ideas importantes.

El primero, un taxista de mi edad de origen argentino que en medio de la lluvia y el frio dice: “Hay que estar muy convencido de lo que se quiere para estar aquí soportando frio e incomodidades. En mi país nadie dudaría del compromiso de estos chicos con la universidad. A la universidad se la quiere y se la respeta toda la vida”. Ante esta frase yo le pregunto que estudió en Buenos Aires y me respondió “No tuve la suerte de poder estudiar en la universidad. No tenía plata con qué”.

La segunda ocasión, una taxista joven. Me dice: “Sabes, mi hija mayor está acampada aquí, hace más de una semana que pasa lo justo por casa”. Ante esto, le pregunté si estaba preocupada por ella, o estaba molesta y como gestionaba el tema. Su respuesta pausada fue: “Yo no estudié en la universidad, me hubiera encantado y alguna vez lo haré. Mi hija estudia una ingeniería y le cuesta mucho esfuerzo. No se si esto sirve para nada y que molesta a los vecinos, a las tiendas y a la gente. Si yo viviera aquí estaría molesta. Pero no podía imaginar que ir a la universidad también tenía esta parte de salir a la calle y protestar. Yo me pase días con el taxi parado aquí y ahora mi hija está acampada en el mismo sitio. ¿Te importa si paro en la esquina y les compramos manzanas?”.

Otros taxistas vertieron opiniones menos explícitas o favorables. Claro, obviamente. Pero ninguno de ellos, por muy en contra que estuvieran, dejaron de reconocer lo que supone ser estudiante universitario. Me han hecho pensar en mis tiempos de estudiante follonero y en lo que he ido perdiendo en el camino de estos años. Suerte que la gente es mucho más sensata de lo que creemos.

Y eso quiere decir que el mensaje era sencillo. Claro que es molesto que los estudiantes acampen en la calle, que es una anomalía que entorpece a los comerciantes, a los vecinos, al trasporte y a mucha gente. Evidentemente que deberá llegarse a un acuerdo sobre cuánto tiempo estarán y en qué condiciones, del mismo modo que ocupar el espacio público implica respetarlo y cuidarlo (las demostraciones de desacuerdo siempre son en el ámbito de lo público). Todo eso es cierto, pero también lo es que los estudiantes universitarios se sienten concernidos en este tema (y otros) y que deberemos reconocer que la manifestación de compromiso nos pilla con el pie cambiado por lo poco habitual. Seguramente son pocos, cierto, pero no podemos cerrar los ojos a lo que la gente joven trata de decir.

 

Joan Guàrdia i Olmos

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