CUESTA DEMASIADO RESPETAR LO PÚBLICO

CUESTA DEMASIADO RESPETAR LO PÚBLICO

He dudado en plantearlo como una afirmación o como una pregunta y, finalmente, me he decantado por hacerlo en forma de afirmación. Ello es consecuencia de mi convicción de que es así, cuesta mucho respetar lo público. Mantenerme en la pregunta podía dar a entender que dudaba de la respuesta.

La vida universitaria de nuestro entorno se ha anclado, desde hace mucho tiempo, en la lógica de lo público. Con ello quiero decir que en las universidades públicas y privadas es fácil detectar los modos y maneras de la gestión pública. En las primeras es lo razonable y en las segundas es la consecuencia de una cierta “manera de hacer” universitaria.

Por tanto, ya sean unas u otras, las universidades tienen unos ciertos tics muy de “lo público”. Entre ellos, en mayor o menor medida, existe una cierta tendencia a la gestión muy personalista y centrada en quién concretamente ocupa alguno de los cargos y en su función. Esa misma concepción personalista de la gestión universitaria hace que determinados cargos (especialmente el de Rector/a y el de Vicerrector/a) vengan acompañados de una cierta parafernalia litúrgica de escasa actualidad.

Pero claro, en un entorno en el que lo público está bajo vigilancia y debate, en el que el servicio público se entiende como un lucro, en el que la idea de servir se va sustituyendo por la idea del que me sirvan y en el que se está perdiendo la idea que el dinero público es dinero de todos; es incongruente que sigamos manteniendo liturgias que no sirven para enderezar ese enfoque perverso de que lo público cuesta de respetar.

La sensibilidad de lo público debe ajustarse a nuestros tiempos y la universidad haría bien en empezar a moverse de un clasicismo nostálgico a una realidad imperante, de un “modus operandi” medieval a unas reglas de juego transversales, transparentes y bajo la concepción de la rendición de cuentas constante. No es verdad que respetar lo público signifique necesariamente asumir el “siempre lo hemos hecho así”. Precisamente creo que asumir esa estrategia es dañar la credibilidad de lo público y poner contra las cuerdas la necesaria maquinaria de innovación que debería ser la universidad, la pública en especial.

Y eso también implica no respetar lo público. Un bien compartido debe ser tratado con especial prioridad y atención. De tal modo que debemos garantizar la supervivencia de los valores que representamos, y de ninguna manera supeditarlos a procederes y litúrgicas que no aportan valor añadido a la cuestión. La universidad española necesita urgentemente abrir las ventanas del siglo XXI y cuidar lo público de tal modo que las siguientes generaciones no encuentren demasiado olor a rancio.

 

 

Joan Guàrdia i Olmos

26 de enero de 2020

Compartir

Uso de cookies

Aquest lloc web utilitza cookies per que tingui la millor experiència com usuari. Si continua navegant dona el seu consentiment per a l'acceptació de les esmentades cookies i l'acceptació de la nostra política de cookies, enllaç per a més informació. ACEPTAR

Aviso de cookies